Sobre las críticas y los dogmas

 

La escritora Lilián del Carmen (@Lilian en Twitter) sufrió un brote psicótico y decidió despotricar contra Dahlia de la Cerda y Tania Tagle, diciendo que son el pináculo de la mediocridad. No le parece bueno el libro Perras de Reserva o Desde los zulos, obras con las que yo también tengo mis opiniones, y se ensañó especialmente con Germinal, libro de Tagle. Este último libro no lo he leído, por lo tanto no emitiré una opinión al respecto. Pero sí puedo hablar de Dahlia. 

Me quedé boquiabierta por lo fácil que me envolvió en sus libros. Sin embargo, noté ciertas cosas que sí puedo criticar un poco y hay otras que deben considerarse: la misma autora (como todos y todas) utiliza su experiencia personal como un punto de partida para crear ficción. Las limitaciones del conocimiento sobre ciertas realidades van a depender de quien escribe. Dahlia se puso a investigar para poder escribir Perras de Reserva, pero ella tiene un posicionamiento muy obvio. Ojo: estoy segura de que era su intención, pero en un libro de cuentos, donde la ficción atiende reglas muy distintas a las del mundo "real", y todo lo que ella misma demostró desde el primer relato, aún me desconcierta lo poco que le creí al personaje de Constanza. Y es que ella inventó personajes con voces tan fuertes que, cuando llegué a ése, me quedé sorprendida. Todavía escuchaba la voz de Dahlia, porque ella no quería que Constanza fuera gris como sus otras personajes, ella quería que no nos cayera bien. Fue tan obvio que casi pensé que estaba leyendo a otra persona un poquito moralina y yo considero que la capacidad de Dahlia daba para más.

Con esto no quiero decir que De la Cerda es una mala escritora, todo lo contrario. Ella logró lo que muchos escritores aún no logran, pero todas debemos ser objetivas y revisar cuándo nos quieren introducir un posicionamiento político con una narración impresionante y tan fluida que no lo notamos. O cuando quieren, por medio de personajes, hacernos observar a algunos más grises que otros. Está bien cuando "cachamos" a esas personas en el acto y nos ponemos a cuestionar esa posición, porque se supone que la Dahlia escritora quería contar otras historias, no necesariamente la suya. Pero, cuando ingenuamente seguimos una narración sin darnos cuenta del trasfondo, podemos caer en la trampa.

Esto es peligroso porque podría promover discursos de odio hacia grupos de personas y no se trata de eso. Me recuerda a ciertos escritores que nos describen sectores sociales de manera tan poética que apenas notamos el posicionamiento político que nos metieron en la cabeza. Cuando hablamos de algo así hay que ser claras: no tiene nada de malo ser directas. Por eso me encantó cuando leí Desde los Zulos, porque Dahlia, con peras y manzanas, nos explica sus propios posicionamientos respecto al feminismo blanco y la praxis; critica a las personas revolucionarias que se sientan a hablar de las opresiones con vinos caros y queso de cabra. Así, clarito, sin pelos en la lengua. 

Ahora, volviendo al tema de hoy: Lilián no la criticó de una manera... ¿Adecuada? Quizá podríamos decirlo así, debido a la gran cantidad de ad hominen que había en sus tuits. Pero no hay que perder de vista algo fundamental: todo, todo es criticable y refutable: las buenas ideas lo son. Cuando algo se convierte en irrefutable ya estamos hablando de un dogma, una ley o algo innegable, y cuando consagramos una afirmación (o varias) de esa manera, debemos tener mucho cuidado. 

Dahlia, Tania y hasta Lilián sólo son autoras. No son ni mesías, ni salvadoras, ni santas. 

Hay que verlas por quienes son, lo que proponen y cómo sus propuestas abonan —o no— a una sociedad más tolerante y más empática, considerando que al menos Dahlia navega con esa bandera. ¿Es suficiente tirarle hate a un grupo de personas? Pues no. Esta declaración debe verse en ambos sentidos, y sin dejar de considerar la digna la rabia de varias y varios que han sido atravesados por muchas violencias. Aunque me encantaría escuchar las voces de esas personas, no sólo sus narraciones convertidas e interpretadas en un texto bien estructuradito a conveniencia de quien lleva la pluma. Por ejemplo, encuentro más verdad en los relatos de mi abuela, cuando me contó que se querían robar a sus hermanas ahí en un pueblo recóndito en Jalisco, o cuando eran niñas y tenían que llevarle comida a mi bisabuelo a la cárcel. Ellas nunca tuvieron becas para poder escribir, nunca fueron a la escuela, pero de repente crean poemas en sus diarios y me cuentan un montón de historias que jamás pierden su crueldad o dulzura, porque las escucho de viva voz. 

Eso es más valioso y lo más importante de leer y escuchar relatos: cuando nos ponemos en la piel de la otra persona, o al menos lo intentamos. Eso va más allá de la percepción que tenemos o "debemos tener" sobre un grupo de personas: nadie nos puede dar lecciones de cómo debemos sentirnos (a menos que se trate de una situación que nos atañe como ciudadanxs) y, a fin de cuentas, no existe ninguna verdad absoluta que nos dicte el tipo de moral que debemos profesar. Sólo hay gente menos empática que otra. 

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